Son las 7 de la tarde, y en mi casa comienzan las rutinas de todos los días, y no lo digo en sentido peyorativo, los niños necesitan tener claro lo que van a hacer en la mayor parte del día, eso les afianza y les da seguridad, fundamental a esas edades. Primero el baño, despues la cena, un rato de juegos tranquilos y a dormir.
Creo haber contado que yo me encargo de la peque a la hora de acostarles, besos a mama y a su hermano, la meto en su saquito, la pongo una luz azul tenue, su bibe de agua y música para relajarla, ahora me acuerdo, añadí hace tiempo al blog la música que la ponía, la BSO de Forrest Gump; en los últimos meses la he cambiado por Vivaldi y Mozart, no porque crea que la convertiré en superdotada como algunos estudios (subvencionados??) promulgan, si no porque me parece una música ideal para esas horas (la otra opción era ponerle los documentales de la 2 o el tour de Francia, pero eso para mas adelante ;) )
El caso es que anoche, mientras oiamos esa música y acariciaba su carita y pelo, algo que la encanta, se me quedaba mirando, y su mirada habla a voces. Tenía una expresión especial, como que me agradecía ese momento y que se encontraba en la gloria. El caso es que no tardó en dormirse. Salí a lo Tom Cruise en Misión imposible de la habitación para que no me oyera, y fui a darle un beso de buenas noches al peque mayor.
Acurrucado entre sus dos peluches, me acerqué a él para darle un beso y decirle todo lo que le quiero: te quiero hasta saturno, vuelta y a dormir (expresión muy suya), él me pasó su bracito por encima de mi hombro, abrazándome y poniendo su suave mejilla sobre la mía, fundiéndonos en un abrazo. Aquello me hizo enmudecer y emocionarme, por diversas razones. No quería despegarme, asi que disfruté esos instantes que son los que hacen que uno sea feliz, y que cuando cree que no lo es, se acuerde de ellos.
Hoy, unas horas despues de aquel orgasmo emocional, escribo estas líneas y vuelvo a sentir ese momento que se grabará en mi única neurona.